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miércoles, 27 de octubre de 2010

Mi serie de catastróficas desdichas



Haciendo referencia con el título de mi entrada, las etapas de mi vida, al fin y al cabo, se pueden comparar con el magnífico libro de Lemony Snicket. Esta vez la versión es de mi propia cosecha. Una tristísima odisea siempre ha inundado mi rutina. Es difícil pero cierto. No hay porqué mentirse a uno mismo, hay que aceptarnos como somos y sobretodo aprender a querernos. Otra vez, estamos ante una de las tantas utopías. Nos encontramos ante una farsa, un sueño. En la práctica, ni nos aceptamos ni aprendemos a querernos. Nos fijamos siempre en el de al lado constantemente, diciéndonos continuamente " es mejor que yo". Sin darnos cuenta, caemos en la trampa de la comparación y sobretodo deambulamos en la vereda de la inferioridad. Que difícil es vivir, demasiado diría yo. Debemos alcanzar metas y cuando creemos haberlas conseguido, de alguna forma u otra, volvemos al principio del sendero. Aprender es sinónimo de avanzar, y el avance supone en cierta forma madurar. Pero como diría un no tan querido rey francés, c'est la vie. Y señoras y señores, así es la vida. No aprendemos, ni nos queremos y sobretodo, no crecemos intelectualmente hablando, como personas. Crecer como seres humanos es la base para la felicidad. La respuesta, porque tener una autoestima rebosante es significado de evolución, y el progreso debe formar parte de nuestra rutina. Como anteriormente he mencionado, en mi caso, la teoría en busca del propio bienestar me la sé de memoria. En la práctica, no soy capaz de aplicarla a mi supervivencia diaria y me desplomo al peldaño donde su dogma es la falsedad, la hipocresía y la adversidad. Algún día, espero escribir mi historia como mi serie de mis afortunadas desdichas.

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